Más allá de nuestro tiempo

La religiosidad se impone en nuestro subconsciente desde que nacimos y se basa en las costumbres de la sociedad. Tal práctica moldeó patrones en nosotros para explicar nuestra existencia terrenal, convirtiéndonos en zombies itinerantes en un planeta desconocido.

Sumado a esta religiosidad, con el pasar de los días, en el ímpetu del cumplimiento de las obligaciones, bombardeados por la publicidad que nos impulsa al consumismo, impulsados ​​por el deber de cumplir, exigidos por los compromisos económicos, que necesitan mantenerse vigentes …

En este proceso se nos ofrece un dios a imagen y semejanza humana, como los reyes medievales, y tan vanidoso que necesita ser alabado. Creer en este mito dios es bueno, ya que puede, crea y mata todo, hace y pasa, etc., limitando la grandeza espiritual a espectáculos llamativos.

Tengan fe en él, que todo saldrá bien, y los devotos lo buscan en los templos, como negociadores en busca de comercio.

Engañados por la teoría del menor esfuerzo, confían en el protagonismo personal ante la sociedad, manteniéndose alejados de la obra que construyen porque no se dedican al servicio interior.

Así moldeados para pensar y actuar, no reflexionamos con la necesaria cautela y consideración sobre nosotros y dejamos de vivir, quedando esclavos de conceptos, jaulas que nos impiden volar. Es fundamental tener una mente libre.

Piense en usted mismo, pregúntese: ¿por qué y para qué existo? Son pocos los que prefieren cumplir con sus deberes religiosos o dejar de lado este asunto.

Cualquiera que sea la enseñanza para el bien, debe entenderse como es, asimilarse como se expresa, llevándolas a su uso habitual, nunca interpretadas. Entendemos que los intérpretes les dan características de sus concepciones individuales, impregnándolos de sus inclinaciones y estados psíquicos, los traen de acuerdo a su entendimiento, para que enseñen.

Nadie, después del sepulcro, gozará de un descanso al que no ha tenido derecho, ni viene nada después del declive corporal, el cuerpo muere, seguimos.

Debemos vivir en el ejercicio del saber espiritual y no solo por lo material, que debe entenderse como un tónico necesario para la vida corporal. Debe haber un equilibrio entre los dos.

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En la parte IV de su libro “República”, Platón concibe al hombre como cuerpo y alma. A medida que el cuerpo cambia y envejece, el alma es inmutable, eterna y divina.

Construimos nuestro mundo exterior después de nuestro mundo interior. Tener en la evolución interior la especia del espíritu nos hará tener la satisfacción de vivir, porque habrá un sabor en lo que hacemos, tocamos o pensamos.

El ser humano que ha perdido o no ha adquirido la conciencia de la espiritualidad no podrá evolucionar. Puede crecer materialmente, pero no alcanzará la plenitud del sabor de la vida, ya que se engaña con la compra de gozos.

Aún en Platón, dice que “no podemos ser felices cuando estamos dominados por la lujuria y la ira, porque las pasiones siempre nos conducen por caminos peligrosos y contradictorios y hacen que los deseos e impulsos violentos de nuestro cuerpo nos quiten el sentido común. ”.

El riesgo de corromperse es continuo, la etiqueta social nos lleva a un conjunto de reglas no escritas que determinan el comportamiento humano en sociedad, quien no se comporte dentro de esta norma es censurado, marginado.

Para querer ser moderno, hay quienes siguen la moda, por corrupta que sea. Además, hoy en día, la autoconciencia está casi siempre distorsionada por el martilleo continuo de proclamas, que crean y describen necesidades. Sin duda, los medios de comunicación nos llevan a comportarnos así, a vestirnos como quieran y a alimentarnos de lo que ofrecen. Quien se deje llevar por este vendaval será remolcado por intereses económicos, materializándose cada vez más.

No se dice aquí que nos volvamos atrasados ​​en absoluto. Si la ropa que se muestra en la televisión nos agrada, ¿por qué no usarla? Lo que no podemos hacer es perder nuestra individualidad, no corromper la conciencia y, sobre todo, no dedicarnos a lo volátil.

El equilibrio interior, en espíritu, es lo que nos impulsa a ser mejores, a ser felices. Solo evolucionamos si somos capaces de dominar nuestros sentimientos con razón.

Comportémonos con espíritu de conocimiento, seamos mejores en nosotros mismos para ser mejores con otros caminantes, busquemos merecer una espiritualidad superior.

Contención, equilibrio, selección racional y, sobre todo, conocerte a ti mismo como un ser universal parece ser un buen comienzo.

Serenidad, equilibrio.