Padre

La narración del «Génesis» presenta a Adán como el primer hombre, creado a imagen y semejanza del Creador. Adán, el primer padre de la tierra, y el primer hijo de Dios, el Padre Celestial.

Desde la perspectiva cabalística, Adán y Eva aparecieron incluso antes de la creación del mundo físico. El Creador compartió su luz espiritual con su hijo, quien a su vez recibió todas estas emanaciones de forma completa e ininterrumpida.

A este flujo continuo de bendiciones los conspiradores se refieren como el «Mundo Infinito». La Cábala enseña que el «Antiguo Testamento» es rico en códigos. Por lo tanto, Adán es un código para un receptáculo perfecto para recibir las olas de amor incondicional, sabiduría, paz, salud, armonía y muchas más energías que desearíamos tener en nuestras vidas, llevando en el ADN espiritual la herencia del Padre, que a su vez se traduce en compartir.

De esta manera Adán nunca sintió ninguna necesidad, sed o hambre, ya que fue constantemente alimentado y satisfecho por las emanaciones divinas. Después de todo, ¿no sería ese el verdadero significado del paraíso?

Pero el gen para compartir se hizo evidente en Adán, quien se dio cuenta de que recibía todas las bendiciones ininterrumpidamente, infinitamente, pero sin sentirse tan merecedor.

Como si un padre no dejara que su hijo se perdiera nada, y se diera cuenta de que estaba siendo malcriado. En algún momento, el hijo se sentirá incómodo por no tener algo que sólo él puede crear; valor.

Y conscientemente le pide a su padre que le dé la oportunidad de merecer sus bendiciones, para que finalmente pueda recibir de nuevo sin restricciones y sin limitaciones.

El episodio de Adán en los textos bíblicos se cierra con su salida del Edén, por su desobediencia al haber probado el fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. La Cábala enseña que el hombre es el único ser que, en el momento de la creación, estaba dotado de libre albedrío. Por lo tanto, el Padre sabía que Adán podía hacer uso de su poder de elección y de hecho lo hizo.

Cuando los textos bíblicos narran la «vergüenza por la desnudez» de Adán y Eva, es, de hecho, la realización de Adán que él, hasta entonces, había sido alimentado espiritualmente de manera incondicional, sin ningún mérito, y decidió elegir para el trabajo espiritual, para construir mérito. Por lo tanto, si el Creador dio el libre albedrío a Adán y a sus descendientes, no tiene ningún sentido considerar el castigo por una elección.

Padres e hijos emulan esta misma relación de amor y respeto.

Corresponde a los padres proporcionar seguridad, valores morales y éticos, compartir sus historias y experiencias para que estén presentes como referencias en cada momento de la elección de sus hijos.

El padre debe ser cariñoso pero firme; confiado pero, si es necesario, enérgico.

Y cuando los hijos crecen y se emancipan, el padre aclama incondicionalmente su éxito, entendiendo que la búsqueda de sus hijos es por reconocimiento, por mérito.

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Los niños conscientes, responsables y felices, cuando conocen a sus padres, experimentan más allá del amor incondicional el reconocimiento que han sido capaces de construir.

Adán vino del cielo al mundo físico para crear mérito a través del trabajo espiritual, y cuando la humanidad haya finalmente aprendido a compartir con amor incondicional todos regresaremos al Edén.