Pensamiento positivo: ¿por qué no siempre funciona?

Pensamiento positivo: ¿por qué no siempre funciona?

Ser positivo ayuda, pero en algunas circunstancias es mejor dar espacio a un enfoque mental diferente. Una actitud que nos permite aceptar la incertidumbre y el hecho de que la realidad no siempre es tan gratificante como esperamos sea más útil.

Puede que te hayas dado cuenta de que el pensamiento positivo no siempre funciona y que mantener una actitud esperanzada no garantiza la realización de las propias expectativas. A veces, dicen los expertos, es mejor adoptar un «pesimismo suave» para ayudarnos a comprender que la vida no siempre está a nuestro favor.

Esto no es necesariamente malo. La mente se acostumbra a la polaridad extrema con el tiempo que nos lleva a etiquetar los eventos como buenos o malos. Debe entenderse, sin embargo, que además del blanco y negro también hay gris y que en este color todavía hay un hilo de luz, el que nos separa de la oscuridad total.

Vivimos en un presente y en un contexto donde la incertidumbre es constante y el miedo se ha convertido en el compañero de piso que vive en nuestra mente. Quizás, ha llegado el momento de adoptar otra perspectiva, aquella en la que, sin renunciar a la positividad y la esperanza, nos permite navegar de manera más efectiva por los desafíos actuales.

¿Por qué el pensamiento positivo no siempre es suficiente?

El pensamiento positivo tiene defensores apasionados y oponentes ávidos. No hay término medio. A la corriente psicológica popularizada por figuras como Martin Seligman o Mihály Csíkszentmihályi en la década de los noventa se oponen voces críticas como la de la psicóloga Julie K. Norem, profesora de psicología de la Universidad de Wellesley.

En su ensayo El poder positivo del pensamiento negativo, publicado en 2001, Julie Norem sostiene que en nuestra cultura se ha arraigado una visión muy infantil del concepto de positividad. Las lecciones de Seligman se han simplificado hasta el punto de convertirlas en una moda, la de dar por sentado que todo saldrá bien si miras el lado bueno de la vida.

Según la psicóloga Julie Norem, hemos llegado al extremo de pensar que si tenemos un problema o no podemos ver «la luz al final del túnel» significa que depende de nosotros.

Déjame ser claro: hay momentos en los que simplemente no puedes ver el lado bueno de la vida. Y que esto suceda no solo es comprensible, sino también predecible. Como señaló Viktor Frankl, ante situaciones inusuales es normal reaccionar de manera inusual. Debemos entender, por tanto, que el pensamiento positivo no siempre funciona, y por varias razones. Analicémoslos.

El pensamiento positivo puede hacernos menos capaces de lidiar con un resultado negativo

Repetir como mantra «todo estará bien» podría ser contraproducente. Una actitud que se orienta al éxito y que no tiene en cuenta otras posibilidades es peligrosa. Y si las cosas no salen como esperamos, nos sentiremos sorprendidos, emocional y psicológicamente.

Lo mejor que se puede hacer en estas situaciones es mantener una actitud realista: “Espero que las cosas vayan bien, pero si salen mal, enfrentaré cualquier resultado. Lo aceptaré y aplicaré estrategias de afrontamiento adecuadas ”.

El pensamiento positivo puede hacer que seamos pasivos

Julie K. Norem explica en su libro que es recomendable adoptar una perspectiva un tanto pesimista de la realidad. Se trata de tener en cuenta todas las posibilidades y decirnos «lo que deseo y espero puede suceder, pero también existe la posibilidad de que no suceda. ¿Qué haré entonces en ese caso? ”.

Debemos trabajar duro y con la máxima eficacia para evitar un resultado negativo. Si tenemos demasiada confianza y asumimos que todo saldrá bien, corremos el riesgo de adoptar una actitud pasiva, y esto puede ser riesgoso.

Cuando estamos ansiosos y estresados, el pensamiento positivo no siempre funciona

La mente ansiosa no puede ver el lado bueno de la vida.. El pensamiento positivo no siempre es efectivo si nos sentimos preocupados, estresados ​​y emocionalmente inestables. Son esas situaciones en las que, por mucho que nos repitan, “mantén el ánimo, todo irá bien” es inútil, no ayuda y ni siquiera lo creemos.

En este contexto resultan interesantes enfoques como el que ofrece la terapia de aceptación y compromiso. En este caso concreto, puede ayudar a comprender que la vida no es fácil, que se permite cometer errores, fallar o perder la esperanza en ocasiones.

Sin embargo, no podemos perder de vista el compromiso adquirido con nosotros; la de no dejarnos hundir y cuidarnos.

Los extremismos no sirven: ni el pensamiento positivo ingenuo ni el pesimismo crónico

Pensar en positivo no siempre es suficiente, porque la vida es impredecible. Y también porque nos lleva a manejar mal la adversidad, la frustración, el miedo y el sufrimiento.

La vida es un caleidoscopio de experiencias: a veces buenas, a veces malas, en otros casos simplemente normales. Debemos aprender a navegar a la vista, en días tranquilos y noches tormentosas.

Entonces, ¿es mejor ser pesimista? Para nada y mucho menos aconsejable adoptar una actitud ingenuamente confiada, de aquellas a las que basta con desear mucho para que algo suceda. Vivimos en un presente complicado y ahora nos hemos dado cuenta de que esta fórmula no funciona. Los extremos nunca son positivos.

Tenemos que ser realistas; debemos entrenarnos para manejar los desafíos diarios, aprender a soportar eventos inesperados e incluso eventos dolorosos. Sin embargo, esto no significa perder la esperanza. Hacerlo es una necesidad fundamental. Confiar en que vendrán tiempos mejores y que aprenderemos a gestionar las dificultades es siempre la mejor estrategia.

K. Norem Julie K. (2001) El poder positivo del pensamiento negativo. Paidós.